San Juan Diego en el Tlaltelolco

Su nombre, proveniente del idioma náhuatl - una lengua uto-azteca mexicana - significa “el águila que habla” o “el que habla como águila”. De origen chichimeca, era un humilde trabajador de la tierra de Tlatelolco. Fue uno de los primeros - junto a su mujer - convertidos al catolicismo por los misioneros franciscanos, en épocas del reino de Moctezuma en Tenochtitlán.

En aquellos momentos, los sacrificios humanos masivos estaban a la orden del día, como el de ochenta mil cautivos que se llevara a cabo con motivo de la inauguración del gran teocali. Por eso es tan importante conocer la historia de San Juan Diego, ejemplo admirable que motivó a la conversión de grandes cantidades de indígenas como él. 


Luego de bautizado, caminaba descalzo cada sábado y domingo para llegar a sus clases de instrucción religiosa, y a participar de las misas. Y su fe se vio recompensada, ya que como contamos anteriormente, se dice que San Juan Diego Cuauhtlatóhuac (1474-1548) presenció la aparición de la Virgen de Guadalupe en el cerro Tepeyac, en un 9 de diciembre del año 1531. El santo (Juan Pablo II ordenó la beatificación y canonización de San Juan Diego) aparece nombrado por primera vez en la obra “El gran acontecimiento” (o “La gran maravilla”), en idioma original llamada “Huei tlamahuiçoltica” (Antonio Valeriano, 1545), que remite al mismo hecho del encuentro con la virgen.


Dos elementos muy poéticos son recordados en la mismas escrituras, específicamente en su libro “Nican mopohua”: el canto de un pájaro mexicano tzinitzcan - que anunció la aparición - y las rosas que la virgen mandó cortar de lo alto del cerro a San Juan Diego, para comprobar su presencia al obispo Zumárraga.


Dicen que la virgen hubo de aparecerse cuatro veces a San Juan Diego, pidiéndole que insistiera sobre la construcción de una iglesia en el lugar. Pero el obispo dudaba, así que la cuarta vez, el beato se presentó ante él con rosas frescas recogidas en pleno invierno, cargadas en su tilma. Y para asombro de ambos, en el tejido se mostró impresa de manera inexplicable la imagen de la Virgen de Guadalupe. 


A partir de ese momento, y luego de la construcción del templo, San Juan Diego dejó todas sus posesiones y sus seres queridos, y se trasladó para vivir en una humilde morada contigua, preocupado por el mantenimiento del oratorio, y por recibir a quienes lo visitaban a diario. Así de grande era el espíritu de este indio de origen “macehualli” (sin ninguna categoría social en el imperio azteca): de penitencia, humildad y contemplación, enfocado siempre en el camino de la santidad.


Hoy en día, el lugar donde San Juan Diego encontró a la virgen se ha convertido en un gran complejo monumental, que alberga varios edificios visitados cada año por millones de fieles y turistas. Entre ellos podemos encontrar a la gran Basílica de la Virgen de Guadalupe y su Museo, a la Antigua Parroquia de Indios, a la Capilla de las Rosas, a la Capilla del Pocito, al Jardín de la Ofrenda y al Templo Expiatorio a Cristo Rey.


La devoción ferviente que le prestan los latinoamericanos a la Virgen de Guadalupe, aún al día de hoy, le debe en gran parte su agradecimiento a San Juan Diego Cuauhtlatóhuac.

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