Las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña

“Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias.” (Mt 5:3-11 NVI).

Hace 2000 años, Jesús pronunció estas palabras en un sitio que una vez se conoció como Monte Eremos, la colina central entre Capernaum y Tabgha (sitio de la multiplicación de los panes y los peces). Ese es el lugar que se ha indicado como el Monte de las Bienaventuranzas. Con vistas a la llanura de Genesaret, conocida por sus características de fertilidad, el monte alberga una capilla católica construida por las Hermanas Franciscanas hacia el año 1939. 

 

El escenario del Sermón de la Montaña

 

Es muy interesante notar la simbología numérica en la construcción de la capilla, que podemos agradecerle al reconocido arquitecto italiano Antonio Barluzzi. En ella podemos encontrar representadas a la Justicia, la Caridad, la Fe, la Fortaleza, la Prudencia y la Templanza. Si levantamos la mirada, veremos el hermoso paisaje del Mar de Galilea.

 

Camino a la cima del monte, el sitio de los árboles benditos aloja al Centro Internacional “Domus Galilaeae”. Según un análisis de fuentes medievales y antiguas, los beduinos hubieron identificado tres árboles milenarios que reconocieron como bendecidos por el Mesías (Es-sajarat el-mubarakat). Un terebinto, una encina y una espina de Cristo se encontraban donde hoy se alza el Domus, hasta que alguien tuvo la osadía de talar dos de ellos. Hoy solo se conserva el terebinto. Se trata del único punto del Monte de las Bienaventuranzas donde se pueden apreciar vistas del lago Tiberíades, del Jordán e incluso del Hermón.

 

Una guía espiritual

 

Observar a las personas que entran al santuario y se conmueven pensando que estuvieron en el mismo lugar que Jesús, nos enriquece el espíritu. Ocupar los mismos sitios sentados en el césped que ocuparon los discípulos mientras rememoramos la palabra de Dios, es una experiencia inolvidable. Junto al Monte Sinaí, el Monte de las Bienaventuranzas nos señala el camino y nos sirve de guía para nuestro camino espiritual.

 

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